Con las lealtades al ídolo imposible.

Para la presentación del libro Rufo Caballero: un ídolo imposible. La caricia del látigo. Compilación e introducción por Rubens Riol

Por Danae C Dieguez

Este es un libro inquietante. Lo es en la medida que fue pensado después que el motivo que lo provocó, Rufo Caballero, no está entre nosotros. Por eso me resulta un libro paradójico en las emociones, sobre todo cuando intuyes que las paradojas solo vienen a ti en medio de grandes conmociones, en el instante preciso en el que no sabes si contener el desborde emocional o atrapar la idea y apostarle a ese raciocinio intelectual en el que, aunque quisieras, tampoco puedes detener la emoción. Pero las paradojas se reconcilian y no lo son tanto cuando sabes ver más allá.

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Por ello estas líneas pueden ser por momentos el intento preciso del raciocinio y/o la emoción desbordada. Pido disculpas si apareciera el caos por momentos, pido disculpas porque mientras escribo hay imágenes, recuerdos muy concretos que vienen a mí y sobre todo hay una sensación de vacío que siempre que pienso en él (En Rufo) se vuelven como “las caídas hondas de los Cristos del alma”. Pido disculpas si la emoción arrebata al raciocinio y si no logro poner orden en mi caos emocional y la palabra desbordada me delata.

La verdad es que Rubens dio muestras de equilibrio, sensatez y sobre todo de imperturbabilidad cuando llevó a cabo este compendio. Es el compendio del homenaje, del agradecimiento profundo del alumno a su mentor, este libro es la prueba de algo que Rufo previó con sus estudiantes: ellos eran (son) voces fuertes, sagaces, definidas, emotivas, profundas y sobre todo voces transgresoras en el espacio crítico cubano. Lo que el maestro no previó es que sus estudiantes, mucho antes de lo imaginado, le declararan tanta devoción y amor en medio del dolor de su partida y esa labor de aunar, compilar voces la llevó a cabo uno de ellos. Sin dudas la tarea última que hiciera Rufo Caballero a la cultura cubana fue develar a estos jóvenes, echarlos a andar y ver en ellos lo que sin dudas son hoy: voces críticas perturbadoras y esenciales en el panorama cultural cubano, estén donde estén cada uno de ellos, pero voces necesarias ya. El maestro no se equivocó y Rubens lo demuestra con este libro. Por eso hablo de la inquietud, porque imagino a Rubens en medio de esta labor titánica envuelto en emociones, tratando de ser justo con cada texto escogido y pensar a la vez en el Maestro ausente.

El mérito mayor de este libro radica en que logramos ver una exégesis completa de la obra de Rufo, comenzamos a perfilar lo que todos sabíamos por cada uno de sus libros, por sus conversaciones, por sus comentarios y ejercicios críticos pero que ahora agrupados nos delinean mejor su pensamiento.  La dramaturgia interna del libro nos da claves sobre su forma de entender y ver la cultura, pero sobre todo comprender que sus herramientas de análisis para con las artes visuales y el cine no son más que pretextos para perfilar y pensar la cultura cubana. Cuba y su camino como nación cultural fue su gran obsesión y en el libro queda impregnado ese aliento mayor del crítico.  Rufo fue un ser iluminado, imperfecto. Rufo fue un ser humano brillante y a la vez un niño grande. Rufo sabía leer bien a Foucault, discutir sobre la Kristeva, escribir ensayos medulares académicamente hablando como su libro Sedición en la pasarela y a la vez salir a gozar lo mejor de la cultura popular, bailar reguetón y disfrutar de una buena pelea de boxeo o gritar eufórico, sencillamente porque Industriales ganó el campeonato.

Recuerdo que un día le dije: (después escribiría otros libros) que mi libro favorito de él era Rumores del cómplice, cinco maneras de hacer crítica de cine, recuerdo su sonrisa, él que ya tenía libros esenciales, yo me atrevía a reverenciar aquel en el que se deshacía de la academia y jugaba con los conceptos más atrevidos, dejaba salir a flote la emoción ante cada película analizada y anunciaba al proscrítico que realmente llegó a ser. Por eso también fue una voz única, porque era un verdadero poscrítico, su voz analizante era una voz creadora, era una voz narrativa que re- escribía cada texto analizado. Esa capacidad muy suya vino a solidificarlo, fue el summun de su madurez, pero sobre todo fue el anclaje mejor de su personalidad en su escritura.

En los últimos años compartimos muchas conversaciones, mesas de debate, espacios privilegiados para el intercambio y lo vi radicalizarse con respecto a su pensamiento sobre temas de género, diversidades sexuales y racialidad. Se había convertido en un pensador que además conocía con profundidad de feminismo y teoría queer y eso lo había llevado a ser un activista más. Nos acompañamos en varios espacios dedicados a esos temas y sus reflexiones nos unían en pos de la búsqueda de herramientas para erosionar la crítica demoledoramente patriarcal que en la isla sobrevivía. En su segundo doctorado le vi argumentar espectacularmente todo lo relacionado con la narrativa feminista que emergía de algunas directoras de cine latinoamericanas, comenzando por nuestra amada Lucrecia Martel. Por suerte esas respuestas quedaron y fueron publicadas en el libro que se preparaba cuando la muerte lo sorprende, pero es uno de los textos de referencia sobre el tema. Para mis estudiantes consultar la forma en que Rufo definía a los espectadores en su libro Rumores del cómplice o leer sus análisis sobre dramaturgia feminista se convirtió en un ejercicio cotidiano. Él era (es) referencia obligada.

Personalmente llegué a quererlo mucho. No tengo otra forma de decirlo, vi en él al ser humano que nunca ocultó sus ganas descomunales de disfrutar la vida, me encantaba verlo mientras provocaba, amaba, sufría. Nos divertimos mucho y reí a montones con algunos de sus comentarios que en espacios más privados hacía. Aprendí mucho de él, le consulté muchas de mis ideas y sobre todo le había pedido fuera el tutor de mi tesis de doctorado. Confiaba, confío.

Un día desperté con la terrible noticia. Recuerdo mi llanto ahogado. Fue un vacío, el mismo que siento hoy cuando escribo estas líneas. No exagero si digo que hacía mucho rato no lloraba tanto la partida de alguien, no sé si pude decirle cuánto lo admiré, respeté, cuánto aprendí de él. Quizás hoy es ese momento porque sé es una presencia. Agradezco tantos momentos compartidos y agradezco cuánto me obligó, sin decírmelo, a que cada análisis fuera el caudal emotivo sostenido por la solidez y la fuerza del conocimiento. Sus libros me obligaron a ser mejor, me obligan a ser mejor.

Por eso agradezco a Rubens esta oportunidad que nos lo devuelve, pero sobre todo nos restituye esa vitalidad y la fuerza demoledora de su pensamiento. En cada texto lo vamos corporeizando y en el de sus estudiantes está la emoción y la huella del Maestro. Hoy junto a Rubens siento cuánto de Rufo hay en él, en Hamlet Fernández, en Rolando Mesa, en tantas y tantos. Esa es la “muerte-vida” de quien vivió con intensidad. Confieso que a cada rato busco el video en el que sale bailando y cantando y aunque se me agolpa el lagrimón, sonrío porque así era él y así quiero recordarlo. Él no nos hubiera permitido otra cosa, es más creo que le hubiera encantado le dijéramos ahora mismo esa frase con la que nos recibía siempre cuando abría su programa del Caballete de Lucas ¿Como va la vida mi gente? Y solo entonces responderle: muy bien amigo, te queremos.

Gracias Rubens por tu lealtad, gracias Rufo por tu magisterio.

 

Un pensamiento en “Con las lealtades al ídolo imposible.

  1. Rubens Riol

    Hermoso regalo, palabras sentidas, conmovedoras y espontáneas. Danae, hiciste de la presentación de mi libro una tarde inolvidable. Rufo y yo te lo agradeceremos siempre!!!

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